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Racing
To Glory

Romper las reglas, perseguir el sueño


No solo recordamos las victorias.
Recordamos la forma de montar, también.

Las últimas cuatro décadas de ciclismo han marcado para siempre nuestra trayectoria como diseñadores y, creativos, pero también como entusiastas. En los futuristas años 80, las reglas clásicas desaparecieron para redefinirse posteriormente creando estilos nuevos y altamente personales que provocaron una transformación irreversible dictada por , la moderna revolución musical y cultural de la época.

No solo recordamos las victorias.
Recordamos la forma de montar, también.

Las últimas cuatro décadas de ciclismo han marcado para siempre nuestra trayectoria como diseñadores y, creativos, pero también como entusiastas. En los futuristas años 80, las reglas clásicas desaparecieron para redefinirse posteriormente creando estilos nuevos y altamente personales que provocaron una transformación irreversible dictada por , la moderna revolución musical y cultural de la época.

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ROMPER LAS REGLAS,
ESTABLECER NUEVAS NORMAS

Los campeones del ciclismo se convirtieron en nuevos ídolos:, estrellas de rock que convirtieron cada carrera en un espectáculo estelar.

Pero, no solo eran campeones: fueron genios rebeldes que dictaron reglas de estilo como "influencers" adelantados a su tiempo,, creando nuevos estándares y redefiniendo el ciclismo más allá de la propria carrera.

El qué o el por qué no importaba, pero sí cómo lo hicieron. Cómo compitieron de forma inolvidable y cómo ganaron como nadie lo había hecho antes.

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La colección Racing to Glory incluye cinco maillots con imágenes exclusivas dedicadas a Bélgica,, Gran Bretaña,, Francia,, Países Bajos y los Estados Unidos de América.

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Descubre la Colección

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Bélgica

Belgium Shield

Se dice que el ciclismo es un estilo de vida en Bélgica, y esto es parcialmente cierto. De hecho,, es mucho más: es algo que fluye en las venas como la sangre, porque aquí el deporte viene definido por el carácter y no al revés, como debería ocurrir normalmente.

E

n 2017 Tom Boonen se retiró de la competición y, durante su fiesta de despedida, se grabó un vídeo. Hoy, tiene más de ochocientas mil visitas en Youtube.
El mayor reto es verlo hasta el final sin sonreír. En el minuto 2,50, Tommeke hace que sus amigos y compañeros de equipo suban al escenario para un baile que ha hecho historia.
Desde el sprint de Freddy Maertens en Praga en 1981 hasta la aceleración mortal de Philippe Gilbert en Valkenburg en 2012, las últimas cuatro décadas nunca han sido aburridas,, ni por un segundo, gracias a una generación de campeones definitivamente sobresalientes, que creció sobre el barro de las carreras de ciclocross de los domingos, respirando el aire frío del invierno mezclado con el olor a cerveza y vino caliente.

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Su visión de la carrera es una combinación perfecta entre el racionalismo funcional y el, ritmo martilleante de los festivales de música electrónica de baile Tomorrowland.

A pesar de sus ataques increíbles, consiguen sobrevivir a lo largo de interminables kilómetros hasta la meta.
Un paraíso en el infierno: corren sin guantes y disfrutan de las áreas más duras mientras aprietan los dientes.
Y ganan,, ganan, y ganan.

Su visión de la propia carrera deportiva cambia por completo.
La vida es corta, y quieren ser como chispas que brillan al máximo, sin que importe cuánto tiempo puedan hacerlo: lo que importa es cómo lo hacen. El futuro es ahora.
Son increíbles,, creativos y, camaleónicos, como uno de los álbumes de Stromae: después de que el mundo entero se enamorara de sus canciones durante diez años,, de repente ha dejado los escenarios y ha empezado a diseñar colecciones cápsula y a concebir montajes urbanos surrealistas.

La emoción de la sorpresa ha provocado que cada temporada se viva con una sentimiento melancólico y triunfal, como si fuese el último gran espectáculo,, una sensación de desorientación como la que se puede sentir al ver las brillantes bolas del Atomium surgiendo en un tranquilo parque de Heysel,, como si todo fuera un sueño después de una noche de baile en una discoteca.

Los amplificadores siguen martilleando mientras los adoquines vibran en los brazos.

Tum, tum, tum.

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Francia

France Shield

Como las bandas de rockabilly parisinas,, los ciclistas franceses llevan artículos fuera de lugar que deforman la noción de normalidad y, sobre todo, los planes de carrera. No son punks sino guerreros que animan la carrera con ataques diferentes cada vez. No hay pinchos ni uniformes de cuero, sino un mundo creativo que interpretan a su manera,, sea cual sea.

S

i buscas "Bernard Hinault" en Google, una de las primeras imágenes que aparecen lo muestran abrazando a Julian Alaphilippe con el maillot amarillo. Ambos sonríen.

El hilo conductor a lo largo de cuatro décadas es su hambre ciega por la competición.
En un extremo, está Sallanches 1980, con una sobrecogedora carrera de eliminación, rodeada de un paisaje de película de la Alta Saboya y, en el extremo opuesto, se encuentra Imola 2020, con un paseo en solitario por las crestas de las colinas de la Romaña bajo un cielo nublado.

Dos genios forjados a través de su capacidad de dejar que el dolor profundice más y más hasta alcanzar una especie de limbo. Allí, la cabeza y las piernas se convierten en una sola cosa y se deja de sentir todo, excepto una voluntad insana de superar los límites para ver lo que hay más allá.

Son diamantes en bruto que sufren una metamorfosis provocada por una rabia silenciosa, que los impulsa, cuando es el momento de atacar, como rayos, dejando atrás a todos los demás sin piedad.
Lo que cuenta es la capacidad competitiva,, terminar en primer lugar y vencer a todo el mundo, sobre todo a uno mismo.
El resto no es nada, el resto es aburrido.

Así que, entre los dos extremos de este hilo conductor,, los campeones crecieron comiendo pan y... venganza,, con los ojos brillando de orgullo,, porque el orgullo no se acalla tan fácilmente.

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Bajo el hechizo de los punks parisinos de los años 80, la revolución se rompió en miles de dimensiones.

Las imágenes de la carrera se asemejan a las de las películas de Luc Besson y crean un nuevo "género", introduciendo efectos especiales y rompiendo la tradición.
Carreras ambiciosas y, aceleraciones incesantes,, incluso en las pendientes más duras, luchando por desafíos absurdos sin retroceder nunca.

Estos son los campeones que, mientras escuchan la Marsellesa,, cierran los ojos y solo piensan en su próximo ataque.

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Holanda

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Los campeones holandeses crecieron convencidos de que la clase es solo una cuestión de hacer simple lo que es difícil para los demás y hacerlo sin darle importancia. Sus actuaciones deportivas las realizan de forma directa y precisa, como uno de los solos de Eddie van Halen, que decía que no sabía nada de escalas musicales pero que solo quería tocar para emocionar a la gente.

E

n 1985, Marcel van Basten, a quien todo el mundo llama Marco, recibió la Bota de Oro tras marcar 37 goles en esa temporada.

Ese fue el comienzo de un as indiscutible, un campeón absoluto que fue definido como el Fred Astaire del fútbol moderno: un enorme holandés, de más de dos metros de altura, que tocaba el balón como un bailarín durante la mejor pieza de la orquesta.

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Ese mismo año, Joop Zoetemelk, de treinta y cinco años, se convirtió en campeón del mundo de ciclismo gracias a su ataque en la subida del Montello en Italia.

Pasan unas décadas y comienzan otras nuevas, manteniéndose siempre el equilibrio tranquilo y constante que ha inspirado a las generaciones en un país acostumbrado a convivir con los elementos naturales: como el agua que sube y baja, inunda las tierras y las descubre de nuevo como por arte de magia.

Un silencio espiritual, que invade los canales azulados en la luz de la tarde, y que esconde una dimensión interior que va mucho más allá de los 180 bpm del distorsionado hardcore de Paul Elstak.
Está representado por aquellos chicos que crecieron con chándales XL para bailar más cómodamente y que disfrutaban de la noche entre fiestas salvajes y momentos tranquilos con una cerveza bajo las farolas junto al río.

Dos caras de la misma moneda con la bicicleta como eterno hilo conductor o, al menos, hasta la siguiente línea de meta.

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Reino
Unido

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Los campeones británicos del ciclismo moderno son estrellas del rock a las que les gusta quedarse solas en su camerino antes del gran espectáculo; su forma de correr tiene el atractivo displicente de sus sombras, que de repente se convierten en distanciamento, y sueño al mismo tiempo,, del mismo modo que los grafitis de Bansky.
Todo el mundo sabe lo que dibuja, pero nadie sabe quién es realmente.

E

n 2011, el manager de Johnny Marr,, un legendario guitarrista que fundó los Smiths,, le pidió que escribiera un libro sobre su propia historia. Siete años después se publicó "Set the boys free", una autobiografía en la que mostraba, a un niño hiperactivo capaz de desarrollar un gran sentido de la supervivencia a través de la música.

En 2011, Mark Cavendish ganó el Campeonato del Mundo en un circuito de Copenhague, y su sprint lo coronó como uno de los mejores velocistas de la última década.

Además, fue el primer británico en vestir el maillot arcoíris después de cuatro décadas.

El velocista de Manx es la punta del iceberg de la afición por la cultura ciclista en el Reino Unido.

En lugar de velódromos,, podemos imaginar garajes donde los niños de doce años se encierran a tocar la batería sin que sus padres tengan la menor idea de que sus hijos serán premiados con un disco de platino unos años después.
Esos son los lugares donde resuena la voz de un enérgico inglés hecho a sí mismo y donde la redención es más que una palabra:, lo significa todo.

Fuera, los tranquilos prados que parecen más verdes por el cielo gris.

Dentro, en el velódromo, sudor, y lágrimas, el sonido sordo de las ruedas sobre los listones de madera,, la perseverancia inquebrantable de entrenar para las grandes carreras alrededor de un anillo.

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Así debían sentirse los que escuchaban la inconfundible voz de Morrisey en sus walkmans durante el camino al colegio: la cara A reventaba sus oídos con el canto melancólico de toda una generación que no se sentía a la altura de interpretar papeles de héroes.

Hoy en día, el ciclismo de la Union Jack es el símbolo de la clase más descarada. Los corredores británicos crecieron como el Doctor Jekyll, constantemente obsesionado y perseguido por el horrible Mr. Hyde.
Sus antihéroes les enseñaron la posibilidad de construir todo a partir de la nada. Saben que en el ciclismo "No miras atrás con ira", nunca, incluso cuando la derrota y la victoria se mezclan y dejan un sabor áspero, como el del whisky escocés de las Highlands azotadas por el viento.

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Estados
Unidos
de América

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Los campeones estadounidenses presumen de una incansable capacidad para vivir el momento presente, que les permite ver la carrera como un evento oportunista, como las paredes en blanco del metro de Nueva York donde Keith Haring pintó sus legendarios grafitis capaces de unir a la comunidad y al artista en una auténtica conexión de amor y protesta.

U

na tarde de 1987 en un rancho de Lincoln.
Gregory James LeMond va de caza con su tío.
Había ganado un Campeonato del Mundo cuatro años antes robando el papel de capitán a Bernard Hinault al ganar el Tour de Francia de 1986 con solo 25 años.

Los Estados Unidos de América son un lugar sin límites donde los sueños son capaces de desbocarse como caballos salvajes. Interminables viajes a través del continente... pero esto no es suficiente.
El sueño americano no respeta fronteras.
Ese día, en un rancho de Lincoln, Greg LeMond fue alcanzado por una bala accidentalmente y perdió el sesenta por ciento de su sangre.

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Ese día casi pierde su vida antes de cumplir su promesa de ser el "número uno".

Es el pionero de una generación de ciclistas que no se detiene ante nada,, ni siquiera ante la muerte.

Los campeones americanos se forjan en los escenarios apocalípticos de la novela más famosa de Cormac McCarthy y con las visiones oníricas e inquietantes de los relatos de Stephen King, capaces de infundir fuerza en las almas desde lo más profundo.

Preparados para sobrevivir a lo peor para correr hacia lo mejor.

LeMond pasó dos años recuperándose,, lamiéndose las heridas antes de ganar su segundo Campeonato Mundial en Chambéry,, en un disparatado intento de volver a ser el ganador que era antes, o aún mejor.

Durante cuatro décadas, el océano entre Estados Unidos y Europa se difuminó: las gafas futuristas y las extensiones del manillar procedentes del triatlón, en las bicicletas de las pruebas contrarreloj, convencieron incluso a los más puristas gracias a su estilo original e inédito.

Una capacidad profética y transgresora que transportó el ciclismo a un espacio sin gravedad.

Los corredores se concentran en mirar cómo el asfalto queda atrás bajo sus ruedas, entrando en una especie de dimensión psicodélica y reflexionando sobre lo mucho que duele volver a estar en plena forma.